Con acento canario

Buenas tardes, gracias por la invitación a participar en este encuentro y únicamente lamentar no poder estar con ustedes en la isla.

No hace mucho, pasé unos días de mayo en compañía de mis amigos canarios. Una panza de burro se suspendía sobre nuestras cabezas, una panza que nunca se abría y nos velaba el sol de Las Palmas, hasta el punto de tener que hacer alguna escapada a Mogán o subir al Pico de las Nieves para rescatarlo de semejante secuestro.

Al regresar a la península y trastear en mi librería habitual me encuentro con una “Panza de Burro”, esta vez, en forma de libro, escrito por una autora para mí desconocida, Andrea Abreu y con una portada impactante, oscura, casi lúgubre. Esto, ¿me quiere decir algo? Me pregunté. Como por suerte mi rasgo paranoico no lo tengo muy desarrollado pensé que no, pero eso sí, como el libro me seguía mirando me dije; vamos a ver al menos de qué va esto y se vino conmigo.

Un análisis deber poder mostrar que el hablar quiere decir algo, que el hablar puede traspasar la frontera del “hablar por hablar”. Justo para evitar lo que Joan Didion pone en boca de su protagonista en “Según venga el juego”: “Dijera lo que dijera Carter de entrada terminaría no diciendo nada. Carter diría algo y ella diría algo y antes de darse cuenta estarían recitando un diálogo tan familiar que consumía la imaginación, bloqueaba la voluntad y les permitía omitir palabras y frases enteras…”

Si Freud tiene la gran intuición, en el ocaso del XIX, de sugerir a sus pacientes que hablen, que no se preocupen de lo que van a decir, que no se censuren en sus ocurrencias, es porque tiene la certeza de poder extraer del hablar el compromiso del sujeto con su decir, su implicación en sus dichos, su responsabilidad, la parte que le toca de la narración.

Hablando de nuestro libro parece, entonces, pertinente preguntarse, bajo el título de nuestras jornadas; por lo que escribir quiere decir. ¿Nos dice algo un texto?, o ¿sólo nos entretiene como una agradable charla? ¿Cómo resuena este decir en cada uno?

Lacan en un momento de su enseñanza se preguntó ¿qué era un cuerpo hablante? E inmediatamente se respondió; Ah, es un misterio.

Pues bien, escritos como el de Andrea se sumergen en este misterio, le ponen voz a este misterio, y digo voz porque tal vez lo único que le falte al texto sea la voz, una voz que es más que un acento, una voz que toca lo real.

“Un acento” le pone Ignacio Aldecoa a la última novela que escribió antes de su prematura muerte: Parte de una historia. Las islas eran para Aldecoa una especie de paraíso, dicho sea de paso, también para algunos de nosotros. Estuvo tiempo allí y se estableció una larga temporada en La Graciosa, donde escribió y recreó esta magnífica obra.

El acento es algo que podemos tomar prestado; por identificación, por cariño, por afinidad o por gusto. Pero la voz es otra cosa, la voz forma parte del cuerpo, es como una extensión del mismo.

Voz y cuerpo que podemos escuchar, más que leer, en el siguiente fragmento del libro:

“Porque Julio me dijo que cuando quieres mucho a una mujer tienes un orgasmo y la puedes dejar embrasada. No seas basto, Juanito, le dijo Isora, eso es cuando están follando, no cuando están enamorados. Y yo, al escuchar la palabra follar de la boca de Isora tuve como unas cosquillas debajo de los pies”.

Asistimos, entre estos párrafos a la presencia del lenguaje y el cuerpo, de la palabra y el goce; imbricados con la tierra y la miseria en una intrincada amalgama; a la aparición de un goce sin represión, sin síntoma aparente; sin panza de burro, huracán o sombra que lo oculten o arrasen. Temporada de huracanes de Fernanda Melchor o La sombra de la Tierra de Elvira Mínguez podrían sumarse a esta voz y formar un coro, pero esta vez sí, terrenal.

Regreso a la fotografía de la portada, que llamó mi atención, y que intuyo forma parte de un extenso trabajo de la fotógrafa Alexandra Sanguinetti llamado Las aventuras de Guille y Belinda y el enigmático significado de sus sueños. Sueños tan enigmáticos como el acontecimiento de cuerpo que testimonia del encuentro del significante con el goce y que un análisis trata de recortar al atravesar sus sombras, sus panzas y sus huracanes.

Javier Garmendia,
Psicoanalista en Madrid
jgarmendia@arrakis.es